jueves, septiembre 17, 2009

Miss Universo

El comedor del hotel estaba casi vacío a esa hora de la madrugada. Ana se pidió un café negro, prendió un cigarrillo y dejó a Lucía en el piso. La nena tenía un año, pero había empezado a caminar a los nueve meses, así que parecía una enana correteando entre las mesas. Sólo había otras dos ocupadas: un hombre solo que tomaba Campari mirando por la ventana, y más apartados, dos militares sentados y uno de pie, fumando cigarros. Ana intentó relajarse. El avión que había conseguido para ir hasta Madrid hacía escala en Chile, donde paraban una noche, para volver a salir rumbo a la madre patria a las 6.30AM. En Madrid la esperaba Bernardo, el padre de Lucía. Corría el año 1987. Las heridas de un genocidio disfrazado de guerra contra la subversión aún no sanaban del todo. Ana había perdido a muchos amigos y familiares durante la dictadura argentina, y ahora se encontraba en una dictadura chilena. Saberse en territorio gobernado por un milico de facto la incomodaba y le traía memorias todavía frescas y dolorosas. Apagó el cigarrillo, terminó el café y levantó la vista. A Lucía no se la veía por ningún lado.

Inquieta, se levantó. Lucía, Lucía... ¿dónde estás, Lucía? La nena no aparecía y Ana maldijo sus minutos de distracción. Comenzó a buscarla por todo el comedor, llamando a Lucía, Lucía... ¿Lucíaaa? Finalmente la nena apareció abajo de una mesa cercana a los tres militares. Se acercó hasta allí y la tomó en sus brazos, cuando el chileno de pie la miró a los ojos. Ana apretó a su hija contra su pecho y durante esa mirada recordó como un remolino los robos de bebés de la dictadura argentina, las torturas, las desapariciones... El militar le sostuvo la mirada, y para su sorpresa, le sonrió.

-¿Su hija se llama Lucía?
-Sí, señor.
-Como nuestra segunda madre...

Ana no comprendía. ¿Qué segunda madre? ¿De qué hablaba? ¿Qué podía tener ese milico horrible y torturador con el nombre de su hija? Y entonces recordó: Lucía Pinochet.
No pudo evitarlo, todo transcurrió en un segundo. Sin pensar, sin pensarlo, Ana respondió

-Mire caballero, madre hay una sola...

El milico permutó la sonrisa brillante que lo adornaba hasta entonces por una mirada seria de asco y sospecha. Lentamente dio vuelta a la mesa donde sus dos compañeros observaban la escena, y solicitó

-Documentos, por favor...

Ana entró en pánico interno. De repente cayó en la cuenta de lo que había dicho, de dónde estaba... Se excusó diciendo que tenía que ir a buscarlos y se retiró del salón comedor, sintiendo las miradas militares clavadas en su nuca de posible subversiva.

Una vez en la habitación pensó en qué hacer. Dejó a la nena dormida sobre la cama y empezó a dar vueltas como un tigre enjaulado. Tenía que llamar a Bernardo, avisarle lo que había pasado. Su cabeza era un huracán. Los milicos la habían perseguido durante los 70' por sus amistades revolucionarias y la habían empujado al exilio. Había logrado escaparse de la muerte en ese entonces, y ahora lo echaba todo al diablo por no saber callarse la boca. En eso, suena el teléfono. Le avisan de conserjería que están haciendo un simulacro de incendio, y que tiene que bajar. Ella se negó argumentando que la guagua estaba dormida y no podía dejarla sola. Insistieron. Se negó y colgó. El teléfono volvió a sonar. Ana comenzaba a desesperase, a abandonarse, a sufrir por adelantado el robo de Lucía que sería entregada a una familia colaboracionista y crecería bajo el ala de Pinochet, mientras el teléfono de la habitación volvía a sonar con insistencia. Ana estaba al borde del llanto cuando de repente escuchó un grito enorme y colectivo, como un gol. Más gritos, risas, alegrías: fuera de la habitación, Chile estaba festejando. ¿Qué pasó?, se preguntaba. Oyó un champagne descorchándose y felicitaciones y besos. Abrió entonces tímidamente la puerta y vio al personal del hotel brindando, poniendo música y festejando como si fuera año nuevo. Escuchó a un botones gritar "¡¡Las chilenas son las mujeres más lindas del mundo!!". Y entonces prendió la televisión.

Todos los canales, absolutamente todos, mostraban la misma imagen. Una rubia de peinado alto y cintura diminuta lloraba de alegría con una corona en la cabeza. Su vestido blanco llevaba una banda que rezaba CHILE, y le estaban poniendo otra por encima. Cecilia Bolocco había sido coronada Miss Universo, y Chile entero estaba de fiesta.

Ana esperó. La alegría seguía en los pasillos y en las calles. Los chilenos estaban festejando y emborrachándose. El teléfono no volvió a sonar. Y a las 6.30AM, subió con su Lucía al avión con destino a Madrid.

9 comentarios:

Martín Alejandro dijo...

Me encató el relato, estimada amiga Mandarina. Claro, conciso y fluído. Extiendo mis felicitaciones por este post. Un beso enorme!

Anónimo dijo...

No pude evitar que se me pusiera la piel de gallina, muy bien relatado muy vivido lo contado.

Lu dijo...

Muy bueno, felicitaciones.

Claire Mandarina dijo...

Martín Alejandro: Usted siempre tan amable...

Anónimo: Por suerte tiene final feliz, no?

Lu: Gracias!

Adso dijo...

Nice, really really nice!

:D

Bel Torres dijo...

wow! me encantó! muy bueno, de verdad

Anónimo dijo...
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fer dijo...

Uf! Muy bueno!! Logró angustiarme

mаяianа dijo...

Buenísimos Niña Mandarina!!! relato, contexto y
vinculación con el hecho histórico.